Soestos

Los ultimos dos años hemos ido Soestos en Agosto y cuando Iñigo me mando un email para que leyera esto me di cuenta que seguramente seriamos alguno de los protagonistas del relato, principales o secundarios, segun cada uno, claro. Esta sacado del blog del Niega, un blog muy interesante y a seguir habitualmente.

Transcribo literalmente

Cada agosto la situación se repite: decenas de autocaravanas y furgonetas de surfistas invaden el parking de la playa durante varias semanas. Surfistas solitarios, parejas, grupos de amigos. A medida que pasan los años las autocaravanas ganan la partida a las furgonetas. También las parejas con hijos a los solteros. Los acentos son variopintos pero la armada ibérica, en clara minoría diez años atrás, ha conseguido imponerse a las hordas traspirenaicas gracias al mayor tamaño de sus “carros de combate”.

Y es que el fin y al cabo, quien quiere dormir en una furgoneta encajonada entre inmensas autocaravanas que le doblan en tamaño? Perdedores, pero no por ello menos listos, los antiguos reyes de este parking ahora se refugian en calitas cercanas, menos accesibles y más discretas; sin presentar batalla. Ahí las autocaravanas tiene el acceso y la movilidad más reducidas; pura táctica de guerrillas. Si por casualidad una autocaravana se aventura al parking de una de esas calitas, todo está preparado para que su estancia sea de muy corta duración. Tras pasar un día rodeados de perros pulgosos y mugrientos, sus ocupantes serán obsequiados con una noche en blanco cortesía de una rave de música post-industrial. Ante este panorama, infaliblemente regresan con el resto de autocaravanas con las primeras luces del alba. A cada cual lo suyo, y en las distancias cortas y terrenos angostos las hordas francogermanas ahora mismo son imbatibles.

Pero volvamos a la playa y a su nutrido poblado de surfistas ibérico con sus deslumbrantes autocaravanas y furgonetas. Estos días el grueso del ejército invasor está compuesto por catalanes y andaluces principalmente. También madrileños, valencianos… gente de pocas olas y muchas ganas. De vez en cuando aparece algún asturiano, cántabro o vasco, de ida o de vuelta a tierras lusas, que tras un par de noches se larga intimidado por el caos que reina en el agua.

“Surfear con esta gente es más peligroso que bajar el Sella borracho y sin chaleco oh!” se le ha oído decir a alguno.

“En mi playa a los debutantes los mantenemos a raya, pero aquí…” murmuró otro apurando su Keler.

Los locales… bueno, apenas hay locales en el sentido estricto de la palabra. Pero los que acostumbraban a surfear esta playa cuando se deja –los maretones de invierno no le son muy amables- se lo toman con calma. Al fin y al cabo solo son un par de semanas al año. Algunos, como el de la gasolinera más cercana, cobran por el agua de la manguera a las autocaravanas que van a abastecerse. Un euro es un euro, y más en tiempos de crisis. La encargada del súper del pueblo, cuando llegan estas fechas, hace acopio de tomates maduros pues su demanda aumenta. Cosas del pa amb tomàquet le dijeron hace unos años, y ella ha aprendido la lección.

Ibéricos, galos o teutones, las olas siguen rompiendo igual cada verano; año tras año. A veces son cuatro los surfistas que reman una barra imposible, al unísono, para acabar empotrándose los unos en los otros. Los cuatro creen tener la prioridad y demandan a los otros tres el pago de los desperfectos en sus respectivas tablas. Pero tras consultar las diferentes tomas de video, que sus novias/esposas han grabado religiosamente desde la orilla, todos se darán cuenta que en una barra que cierra de lado a lado no hay prioridad que valga. Este tipo de incidentes acostumbra a ser el catalizador de nuevas amistades. Algo que agradecerán sus respectivas parejas, que a partir de ese momento se organizarán para hacer turnos detrás de la cámara: así mientras una de ellas filma a los cuatro valientes, las otras tres pueden dedicarse a quehaceres menos tediosos. En otros contextos a este fenómeno se le llama optimización de recursos.

El parking recupera su tranquilidad coincidiendo con la retirada del sol y el regreso a sus residencias de los que han venido a pasar el día. Entre estos, algunos se han pasado más tiempo en el parking que en la playa, estudiando y comparando las diferentes autocaravanas y furgonetas. Por otro lado más de un morador ha sido sorprendido en pelotas –solo o acompañado- dentro de su propia autocaravana por las caras de una familia entera asomando por la ventana. La familia quería espiar la distribución interior del vehículo y se encontró con una clase de anatomía humana en acción …y con todo lujo de detalles.

Es en la hora de la cena cuando los diferentes orígenes se manifiestan: los del sur y el centro prefieren freír mientras que los mediterráneos prefieren la pasta y el embutido. Al fin y al cabo no son vacaciones gastronómicas, y se trata de llenar el buche sin gastar mucho …y sin perder mucho tiempo cocinando ni limpiando después.

Pero una noche algo cambia:

“No estamos solos” comenta un vecino de autocaravana a otro. Ahí, en el parking más cercano a la carretera, donde suele aparcar la gente que viene a pasar el día se ve un coche solitario. Dos personas se afanan alrededor del mismo; hombre y mujer. El vehículo es un familiar; un enano en estos parajes… pero no es raro ver a un surfista solitario dormir en el interior de uno de ellos. Una pareja? Físicamente posible… con mucho cariño mediante. Matrícula española.

“Ejke con estas nuevas matrículas no hay manera de saber de donde es cada uno…” lamenta un madrileño para sí mismo. Algunos creen reconocer a la extraña pareja. Ella rubia, guapa, con curvas y con un tanga de hilo dental que ni en Ibiza hubiera pasado desapercibido; mucho menos aquí en el noroeste. Todos se habían fijado en ella durante el día, tomando el sol. Pequeños guiños de complicidad pero ni una palabra; siempre hay una esposa o un niño cerca, y tener una bronca por celos en una autocaravana pasa del marrón oscuro. A él también recordaban haberlo visto: calvo, buen surfista, con clase. Ya no era un chaval y su madurez se reflejaba en su surf con una economía de movimientos y una lectura de ola impecables. Pocas maniobras extremas, pero muy seguro y fiable, entrando en el punto de marea óptimo. Ahora ambos se encuentran sentados en un par de taburetes plegables, cara a cara alrededor de una mesa de camping e iluminados por una luz de gas, cerca del coche. Al lado, en el suelo, un hornillo a punto de ser utilizado. Se ha levantado un poco de suroeste y las autocaravanas se encuentran a sotavento de la pareja. La brisa les acerca sus risas; sobretodo la de ella: clara, fresca y luminosa.

En una autocaravana un valenciano comprueba si el agua para la pasta está ya hirviendo mientras recuerda el culo y las tetas de la rubia en la playa; a su lado la madre de su hijo da la papilla al peque. Al cabo de un rato, con el peque ya durmiendo y cuando por fin le echan el queso rallado a la pasta –o el tomate a la salchicha en la autocaravana de al lado-, junto con la risa también llega el olor del ajo y la cebolla rehogadas. La pasta – o la salchicha -empiezan a saber diferente. Empiezan a saber a “cada día lo mismo”. Al cabo de un par de minutos el sofrito se enriquece con pasas, aceitunas, un par de alcaparras y avellanas trituradas. El aroma invade la zona de autocaravanas. Una fugaz mirada por la ventana confirma que es el surfista calvo quien está al mando del hornillo. Ella, la rubia, le observa copa de vino blanco en la mano, mientras ofrece su cabellera rubia a los caprichos de Eolo. Cuando las avellanas están ya doradas llega el tomate. No es tomate de bote, sino tomates pelados y machacados uno a uno.

“Ezte pisha é un profesioná…” piensa un gaditano en una de las autocaravanas, quitándose simbólicamente un sombrero.

La intensidad del fuego disminuye y el calvo cubre la cazuela de barro con una tapa. Antes ha añadido una pizca de sal y un único diente de clavo. En ese momento, en las autocaravanas la pasta, la salchicha, el bocata de chope… todo sabe igual; saben a “estoy harto de esta mierda!!”. Los efluvios del sofrito ahora son más presentes que las tetas de la rubia del tanga.

“Este sofrito para qué?” se preguntan algunos.

“Pasta, ya veréis nens…” opina un catalán muy seguro de sí mismo.

Entonces el calvo saca una caja del maletero del vehículo familiar: una nevera portátil. De dentro aparece una bolsa de plástico, la abre y huele a mar. Mientras tanto la rubia ha abierto un bote de garbanzos, los ha escurrido –al inclinarse, la camisa de lino se ha separado de su cuerpo y el contraluz ha delatando la ausencia de sujetador-, y los echa cuidadosamente en la cazuela. El calvo por su parte ha vaciado la bolsa de su contenido: dos preciosos calamares, comprados esa misma tarde en la pescadería de Laxe, que ahora son cuidadosamente limpiados y troceados.

“Zí zeñó, un profesioná como la copa de un pinol!” repite para sí el gaditano; silba en señal de admiración y aparta su plato -con las salchichas a medio comer- para buscar su china en el cenicero.

Cuando gran parte del agua de los tomates se ha evaporado, el calvo añade las rodajas de calamar y vuelve a tapar la cazuela. Abre la segunda botella de vino y la brisa vuelve a traer las risas voluptuosas de la rubia. Risas que no dejarán de oírse hasta bien entrada la noche. Para entonces ya no hay luz en las autocaravanas; solo frustración en estómagos vacíos que sueñan con tetas, calamares, garbanzos, vino blanco y un tanga de hilo dental.